Los refugiados cubanos se reconcilian con encuentros racistas, pasados delictivos y el camino hacia adelante

Crime and Adversity

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Osvaldo Durruthy
Osvaldo Durruthy en su casa en Madison, Wisconsin, el 19 de abril de 2021. Angela Major/WPR

Episode 7: English translation

Nota del editor: Este episodio contiene menciones de violencia y vocabulario que podría ser inapropiado.

En 1982, hacía dos años que Osvaldo Durruthy y miles de otros refugiados cubanos habían arribado a los Estados Unidos después del éxodo de Mariel

Dos años desde que Durruthy había hecho un angustioso viaje para cruzar el estrecho de Florida. Dos años desde que lo habían despachado a los apurones a Wisconsin, como uno más de los casi 15,000 cubanos enviados a vivir en las barracas militares de Fort McCoy. Dos años desde que se había sumado a una banda en el campo para bailar y tocar los bongós.

En 1982, le parecía a Durruthy que todo eso había quedado atrás. Se acababa de instalar en Madison y tenía novia.

“Compartíamos un apartamento” dice Durruthy. “Íbamos a la discoteca, ya sabes, nos divertíamos, comprábamos cosas, cantábamos, bailábamos”.

Una de sus discotecas favoritas era un club nocturno denominado Merlyn’s que quedaba en State Street. Una noche, estaban con un grupo de amigos, sentados en una mesa reservada, bebiendo algunos tragos. De repente, entró el ex novio de la novia de Durruthy. Estaba furioso de que ella ahora saliera con Durruthy y fue a la mesa a confrontarlos.

Durruthy le dijo que sería mejor que hablara con ella al día siguiente. pero el ex novio volvió a los 10 minutos. Había estado  amenazando la vida de la novia de Durruthy por dos semanas y parecía que en ese momento iba a cumplir sus amenazas.

El ex novio se acercó a la novia de Durruthy. En respuesta, Durruthy agarró de la mesa un cenicero de vidrio grande y pesado.

Agarré el cenicero y lo golpée en la cara. ¡Pum! Y él se cae. Y miro en derredor y me siento a mi mesa como si no hubiera pasado nada”, recuerda.

La gente advirtió a Durruthy que tuviera cuidado. El ex novio se había levantado y tenía un revólver.  

Me estaba apuntando con un revólver“, dice Durruthy. “Me dijo ‘ Los voy a matar a los dos; a ti y a ella’. Y yo le dije, ‘Baja el arma. No hagas eso. No quieres matar a nadie’. Y yo… agarré una silla. Y me acerqué a él con la silla. Me empezó a gritar. Y el primer disparo… atravesó la silla y me pegó aquí”.

Durruthy señala el lado izquierdo de su rostro, donde recibió un tiro en la mandíbula. Luego señala su antebrazo. El agresor también le pegó tiros a Durruthy en la pierna y en el pecho. 

Pero a pesar de que le hubiera pegado cuatro tiros, Durruthy luchó con el hombre y lo tiró al piso, y otro grupo de cubanos se sumaron a su defensa.

“Le dieron una buena golpiza y le quitaron el revólver y lo pusieron en mis manos. Yo estaba arriba y me dijeron, ‘¡Mátalo!’ … E intenté tirar del gatillo, pero no había más balas”, dice Durruthy. “Así que me caí encima de él y luego nos llevaron a los dos al hospital en una ambulancia. Le dieron una tremenda golpiza”.

Osvaldo Durruthy cooks in his home
Osvaldo Durruthy prepara la comida en su casa en Madison, Wisconsin, el 19 de abril de 2021. Angela Major/WPR

Todos los refugiados de Mariel han pasado por momentos difíciles. Algunos han tomado malas decisiones. Todos han sufrido discriminación. Y todos ellos intentaron ir hacia adelante mientras su pasado continuaba atormentándolos.

Pero no todos han pasado por lo que le tocó a Durruthy.

Las propias decisiones de Durruthy lo llevaron a una larga estadía en la prisión, e incluso a un encuentro con el asesino en serie Jeffrey Dahmer.

‘Hemos destruido nuestro pasado’

Hoy en día, el apartamento de dos dormitorios de Durruthy en Madison es prolijo y limpio. Las paredes están cubiertas con diplomas enmarcados y certificados de trabajo, así como fotografías de familiares de Cuba. 

Durruthy hace un descanso en su preparación de congrí, un plato tradicional cubano, para hojear esas fotos de su madre, nietos y hermana.

A plate of congri, a traditional Cuban dish
Osvaldo Durruthy prepara la comida en su casa en Madison, Wisconsin, el 19 de abril de 2021. Angela Major/WPR

No ha visto a su hermana en persona desde que salió de Cuba en 1980. Desea más que nada volver allí a visitarla, pero en términos legales, no puede. Sus antecedentes delictivos lo impiden.

“Hemos destruido nuestro pasado. No hay nada, nada bueno en nuestro pasado”, dice.

La mayoría de los cubanos que fueron enviados a Fort McCoy, en Sparta, encontraron patrocinadores y salieron. Durruthy no.

Cuando Fort McCoy se cerró para los refugiados a fines de 1980, él y cerca de otros 3,200 refugiados de Mariel todavía estaban intentando encontrar patrocinadores. Los enviaron a vivir a Fort Chaffee en Arkansas. 

Durruthy no habla mucho del tiempo que pasó allí, con excepción de que al final lo patrocinaron como parte de un grupo de músicos y bailarines. Dice que los funcionarios de Fort Chaffee le dijeron al grupo que el patrocinador era un millonario cubano, José Quintana, de Nashville, Tennessee. 

José M. Quintana
José M. Quintana, copropietario de un restaurante español en Nashville y millonario que patrocinó a Osvaldo Durruthy y a otros refugiados cubanos de Fort Chaffee en Arkansas. Cuban Heritage Collection, University of Miami Libraries, Coral Gables, Florida

La policía no llevó a la cárcel a ninguno de los refugiados cubanos, dice Durruthy. 

Para la mañana, Durruthy y sus colegas músicos ya estaban de vuelta en la ruta y consiguieron llegar a Nashville, su nuevo hogar. 

Quintana les proporcionó un lugar donde vivir y los puso a trabajar de inmediato. Durruthy fue entonces albañil y ayudó a construir el Opryland Resort

Durruthy dice que se ganó su salario y ahorró dinero por meses, y luego decidió mudarse a Madison. Durruthy se había enamorado de Madison cuando estaba en la banda en Fort McCoy. Viajaban por los alrededores tocando para la gente, y dice que uno de los conciertos fue en el Capitolio, en la cima de State Street.

“Es lo que me gusta de Madison: la gente… No sé por qué, pero son diferentes”, dice. 

Dejó Nashville a los 21 años con un pequeño grupo de sus compañeros cubanos y se mudó a vivir con un amigo en Madison en 1981. 

Volver al ambiente social fue la parte fácil. Durruthy podía salir e ir a clubes nocturnos, bailar y conocer a montones de mujeres.

Pero ganar dinero era más difícil. El apoyo que estaba recibiendo del gobierno no era suficiente.

“Cuando vinimos aquí, nos daban un cheque por $200 al mes y $80 en cupones de alimentos”, dice Durruthy.

Como muchos refugiados cubanos, no hablaba inglés muy bien. Cuando hablaban en español en público, sufrían discriminación de parte de la gente de la ciudad, que pensaba que todos los cubanos eran peligrosos.  

“Era difícil para nosotros, ¿sabes?; en especial comunicarnos, porque… cada vez que hablábamos, la gente se reía. ‘Ah, sal de aquí, fuera de aquí’”, dice Durruthy. ​

Divisiones en cultura y comunicación

Ernesto Rodriguez de La Crosse tuvo una experiencia similar. Estuvo en Fort McCoy el verano de 1980 después del éxodo de Mariel. Encontró una familia atenta que lo patrocinara en Sparta, Wisconsin. Y, como muchos jóvenes de Wisconsin, iba a bares.

“Tomaba un trago, jugaba al pool y también bailaba. Y entonces alguna chica decía, ‘Ven más cerca’. … Es bueno estar cerca, ya sabes. Y a veces, llegaba el novio. ¡Yo no sabía que tenía novio! Si me hubiera dicho, me habría mantenido apartado”, dice Rodriguez. 

Un puñado de refugiados pasó por historias similares. Esas situaciones —en las que había una mezcla de coqueteo, alcohol y racismo— los convertían en blancos fáciles para altercados y peleas.

Ernesto Rodriguez
Ernesto Rodriguez toma un expreso en su casa de La Crosse, Wisconsin, en mayo de 2021. Angela Major/WPR

“No queríamos pelear. Queríamos pasarla bien. Ya sabes; no la pasábamos bien en Cuba porque no se nos permitía pasarla bien. Y el único momento en que la pasábamos bien de chicos era cuando íbamos a una fiesta de quinceañera”, dice Rodriguez.

Se esperaba que la gente joven de Cuba trabajara, dice Omar Granados, profesor asociado de Español y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Wisconsin- La Crosse y copresentador de “Uprooted“. 

Y allí estaban, de veintipico de años, por primera vez con dinero en el bolsillo, pidiendo cervezas en un bar. Les interesaban a las mujeres. Y eso les traía problemas, añade Granados.

Rodriguez recuerda un hombre en particular que solía amenazarlos a él y a sus amigos en unas mesas de pool en Sparta. El hombre los miraba por la ventana desde dentro del bar y agarraba un palo para simular que apuntaba con un arma a Rodriguez y a sus amigos cubanos.

La madre del patrocinador de Rodriguez, Annette Brandstetter, lo alentaba a que evitara problemas.

“Seguí los consejos de la mamá porque me dijo, ‘mira, cada vez que te metas en problemas, te va a costar dinero. Pero si te alejas, no vas a tener que pagar dinero”, dice Rodriguez. “Porque cada vez que terminaba en el juzgado, terminaba pagando $100, $200 por algo que no era mi culpa. La gente me molestaba. Estaba bebiendo y me empujaban al pasar, y decían, ‘Fuera de aquí, n—–, este no es tu lugar, vuelve al lugar del que viniste”.

Esas peleas ocurrían por distintos motivos; principalmente racismo, dice Granados. No había tanta gente negra que viviera en Sparta.

Marcos Calderón
Marcos Calderón en La Crosse, Wisconsin en abril de 2021. Angela Major/WPR

Marcos Calderón, que también vive en La Crosse y estuvo en Fort McCoy con Durruthy y Rodriguez en 1980, dice que para él fue obvio de inmediato.

‘No había mucha gente de color en la zona, ¿sabes?, excepto en Fort McCoy y la gente del Ejército”, dice. “Y la gente no estaba muy contenta de que estuviéramos allí debido al delito que se había cometido”.

Y ese racismo tampoco se limitaba a un pequeño pueblo de Wisconsin. Los refugiados de Mariel debieron enfrentar prejuicios casi de cada lugar al que fueron, incluso de la comunidad cubanoamericana en lugares como el sur de Florida. ​

Era difícil para los refugiados de Mariel integrarse a la sociedad. No se consideran a sí mismos latinos ni afroamericanos, y debían aprender a ser tanto negros como latinos en los EE. UU., como si fuera una reconfiguración racial, dice Granados.

Calderón podía ver las divisiones en cultura y comunicación que estaban presentes a su alrededor. 

“Era una comunicación muy mezclada, porque… no sabíamos inglés, y había muchas cosas que no sabíamos”, dice.

“La primera vez que alguien me hizo el gesto del dedo (mayor), mi reacción fue ‘¡Hola!’. Porque no sabía lo que significaba. Después me enteré, y pensaba, ‘¿qué le habré hecho yo para que hiciera eso?’, continúa.

Delito grave

Había otras divisiones culturales que tenían un efecto más grave.

Es cierto que algunos refugiados habían sido culpables de cometer robos o agresiones, o intervenir en peleas, pero también había ese injusto estereotipo que se atribuía a todos los refugiados.

Granados dice que, para marzo de 1981, cerca de cinco meses después de que los últimos refugiados de Mariel se hubieran ido de Fort McCoy, había en La Crosse cerca de 400 quejas asociadas a cubanos, según la información de casos judiciales e informes policiales. Los juzgados de la zona ya habían procesado a 55 refugiados cubanos para ese entonces.

Según los informes, esos delitos habían consistido principalmente en intrusión, robo, conducir sin licencia, mala comunicación con funcionarios y violaciones de las reglas de libertad vigilada. 

Pero hubo algunos delitos de mayor perfil, como cuando un refugiado cubano apuñaló y mató a otro — un amigo suyo — en el Capitol Square de Madison. 

En Madison y en La Crosse, hubo una serie de agresiones sexuales, peleas en bares, hurtos en tiendas y casos de acoso, observa Granados. 

Omar Granados
Omar Granados, profesor asociado de Español y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Wisconsin- La Crosse y copresentador de “Uprooted”. Fotografía por cortesía de Omar Granados

En La Crosse, había una abogada, Kathleen Mann, que defendió a muchos de los cubanos. Era uno de los pocos abogados de la zona que sabía español.

Trabajó con un refugiado cubano que figuró en las noticias nacionales. En septiembre de 1980, al refugiado de Mariel de 17 años Lene Cespedes-Torres le presentaron el cargo de haber asesinado a su patrocinadora, Berniece Taylor, de Tomah.

Él había mantenido su inocencia e incluso solicitado la deportación a Cuba. Ese incidente sacudió a la comunidad y contribuyó a la falta de confianza y resentimiento contra los refugiados.

Había limitados recursos para que esos refugiados comprendieran las leyes federales y locales. Cosas que en Cuba eran aceptables, podrían dar lugar a arrestos en los EE. UU., como portar un cuchillo, cometer intrusión accidentalmente o no comprender a los funcionarios de policía cuando confrontaban a los cubanos, dice Granados.

En un lugar como Miami, en ese momento, estaba implementada una infraestructura comunitaria para los refugiados cubanos. Lo cubanoamericanos podían explicar a los refugiados lo que debían hacer o no. 

Pero en un lugar como Sparta, los refugiados y los residentes de Wisconsin que ya vivían en el pueblo desde antes, estaban ambos navegando ese tipo de relación por primera vez. 

También estaba el asunto de que los refugiados cubanos no conocían las reglas sociales para coquetear y salir con alguien en los EE. UU. 

Un Wisconsin State Journal de 1990 dice que la policía de Madison armó un folleto para ayudar a los hombres a comprender distintas reglas sociales, como no silbar a las mujeres ni decirles piropos cuando pasaban.

Ricardo Gonzalez de Madison patrocinó a una cantidad de refugiados de Mariel para permitirles salir de Fort McCoy en 1980. Muchos cubanos acudían en tropel a su establecimiento, el Cardinal Bar, después de establecerse en Madison.

“Porque el Cardinal Bar era el lugar de moda — la música, las mujeres — y eso me causó un montón de angustia allí, porque a las mujeres no les gustaba (la atención no deseada)”, dice Gonzalez.

Ricardo Gonzalez in front of Colegio Champagnat
Ricardo Gonzalez frente al Colegio Champagnat, su alma mater, en 1979. Fotografía por cortesía de Ricardo Gonzalez 

“Esos cubanos, culturalmente, eran muy diferentes. Bueno, es que las mujeres de Madison, las jóvenes que iban al Cardinal, eran bastante flexibles en su actitud, ya sabes. mujeres liberadas. Pero esos muchachos pensaban que eso significaba… que estaban disponibles para cualquier cosa”, continúa Gonzalez. “Así que así surgían problemas. No tanta violencia, si bien había algunas peleas”.

Gonzalez observa que en la primavera de1981, la cárcel del condado de Dane tenía una capacidad de cerca de 230 personas, y 80 de ellas eran cubanos. 

Esas instancias ponían a Gonzalez en una situación complicada, y eso era un peso para él. Empezó a distanciarse de la comunidad de Mariel.

Un puñado de alborotadores les dio a los refugiados de Mariel una mala reputación, lo que impactó la forma en que la comunidad los percibía y el tipo de bienvenida que les dio. 

Independientemente de la cantidad de problemas en las que estuviera metiéndose uno de esos refugiados, era difícil para todos ellos encontrar alojamiento y empleos. Algunos encontraron otras formas de hacer dinero, y esas elecciones todavía afectan su vida el día de hoy. ​

 Condenas debidas a drogas

Los refugiados de Mariel tenían que llegar a fin de mes de un modo u otro. Algunos recurrieron a la venta de drogas y al robo. 

A principios de la década de 1980, el presidente Ronald Reagan estaba combatiendo la Guerra contra las drogas y las autoridades estaban adoptando medidas enérgicas.

Rodosvaldo Pozo, otro refugiado de Mariel, fue víctima de esa vigilancia federal. Después de dejar a su familia patrocinadora en Sparta a principios de los años 1980, a la larga formó su propia familia en La Crosse. 

También allí tuvo algunos encontronazos con las leyes: lo condenaron por robos, violaciones de las reglas de libertad vigilada y detención domiciliaria, y posesión de marihuana.

A mediados de la década de los 1990, Pozo terminó en prisión por “participar en la entrega de cocaína“. Dice que cargó con la culpa para salvar a un ser querido.

Rodosvaldo Pozo
Rodosvaldo Pozo frente a su casa de La Crosse, Wisconsin, en abril de 2021. Angela Major/WPR

Durante los 22 años que pasó en prisión, Pozo se tomó el tiempo de informarse mejor acerca de los sistemas legales de los EE. UU. y de Wisconsin, e incluso intentó apelar su condena por drogas.

“¿Sabes?, a veces la gente dice que estoy loco. No estoy loco. Si quieres resultados, quieres que las cosas se muevan, tienes que hacerlo tú mismo”, dice.

No tuvo éxito con su apelación, pero eso no le impidió seguir abogando por sí mismo. Presentó una serie de demandas judiciales por el tratamiento que había recibido mientras estaba en prisión y durante su detención inmigratoria. Todas esas causas fueron desestimadas.

“Me puse un poco violento con otro prisionero. Ya sabes, Jeffrey Dahmer”

Durante la siguiente década, Osvaldo Durruthy estuvo entrando y saliendo de la cárcel: por drogas, extorsión o agresión.

Lo sentenciaron a la Waupun Correctional Institution por 31 años por vender cocaína a policías encubiertos cuando tenía 34 años.

‘”No puedo decir que lo lamento, porque… una vez que hago algo, no miro hacia atrás. … Pagué por mi error”, dice Durruthy.

Durruthy dice que cuando era joven, se sentía un “macho”. Ir a prisión no lo hizo querer cambiar de camino. Ni siquiera que le dispararan en 1982 lo hizo reconsiderar lo que estaba haciendo. 

Lo que motivó a Durruthy para rectificar su vida, a la larga, fue su hijo, que tenía 6 años cuando a Durruthy lo enviaron a la Waupun Correctional Institution. 

“Después de que mi hijo me vino a visitar, y … sus hermanos y hermana; todos empezaron a venir a visitarme, y así fue como empecé a forma parte de una familia. Vi una escena diferente”, dice Durruthy. “Ya no estaba solo. Tenía familia. Tenía gente a la que le importaba. Así que mejor me olvidaba de todo lo que había estado haciendo mal y me concentraba en salir de allí”.

Tenía que hacer algo para salir de la prisión, para poder convertirse en un verdadero hombre de familia fuera de la sala de visita de la prisión. 

Durruthy decidió que para salir, tenía que matar al hombre más odiado que había tras las rejas.

“Me puse un poco violento con otro prisionero”, dice.

“Ya sabes, Jeffrey Dahmer”.

Durruthy dice que su plan era hacer que lo transfirieran al Columbia Correctional Institute de Portage. Allí era donde Dahmer estaba cumpliendo una sentencia de por vida después de haber asesinado a 17 hombres y niños. Durruthy dice que comenzó a tomar pastillas y a simular que necesitaba atención psiquiátrica, y así consiguió que lo transfirieran. 

“Cuando llegué a Portage, me pusieron en la misma unidad que Jeffrey,” dice Durruthy. “En la puerta de al lado de Dahmer”.

Durruthy dice que en Columbia, el único lugar en el que estaban todas las unidades juntas era en la capilla los domingos. Acopló una cuchilla de afeitar a un cepillo dental y fue a la iglesia.  

“Vi donde estaba sentado Dahmer y me senté… detrás de él. Lo agarré … contra la pared, ¿sabes?, después de que se fuera el cura”, recuerda Durruthy. “Terminé atacándolo. Y la navaja se rompió contra su cuello”. 

El arma se desarmó. Y Dahmer solo tenía un rasguño. Pero Durruthy no había terminado. 

Agarró a Dahmer sosteniéndolo del cuello y empezó a pegarle, dice. Los guardias los separaron. 

“No estoy orgulloso de eso. Es que en ese momento tenía la cabeza tan revuelta”, dice Durruthy.

(Alrededor de cuatro meses después del intento de Durruthy, Dahmer fue asesinado por otro preso. Y, de hecho, la pelea de Durruthy se dramatizó en el programa de Netflix de 2022 denominado “Monster: The Jeffrey Dahmer Story”. La escena tiene lugar en la capilla, pero no sigue la historia de Durruthy ni lo que los periódicos contaron en esa época).

Se puede ver el dolor en su voz y la tristeza en sus ojos cuando habla de su situación. Pensó que ese acto extremo era la única forma en que podría salir de la cárcel en los EE. UU.; que como era un refugiado cubano, atacar a Jeffrey Dahmer forzaría a los EE. UU. a deportarlo de vuelta a Cuba. 

“El motivo por el que lo hice es porque quería volver a Cuba. …  Intenté tornarlo… político”, dice. “Pero también quería volver a mi país. Quería volver a Cuba”.

Y si la deportación no daba resultado, pensó que matar quizás pudiera ayudar a su familia, aunque él no estuviera con ellos en los EE. UU. 

“Si mataba a Dahmer, podría permanecer en prisión. Pero mi familia podría recibir un montón de dinero. Por algún motivo, siempre pensé que si lo mataba, Oprah iba a venir a hacerme una entrevista. … La comunidad negra me iba a adorar; iban a enviar dinero, dinero, dinero, dinero dinero. 

“Y mi familia iba a vivir a lo grande en Cuba. Mi familia en los Estados Unidos, mi familia en Cuba, iban a vivir. … No me importaba lo que me pasaría a mí porque ya tenía 31 años; una sentencia hasta la muerte. … Nunca esperé que saldría”, dice Durruthy. 

A Durruthy no lo enviaron de vuelta a Cuba. Su familia no sacó nada de dinero del asunto. Lo pusieron en solitario por un año y le añadieron cinco años a la sentencia por agresión.

De todos modos, fue un punto de inflexión en su vida. ​

Osvaldo Durruthy shows off his certificates
Osvaldo Durruthy muestra los certificados que ha obtenido a lo largo de los años, tales como los de las clases de crianza y para padres que tomó mientras estaba en prisión. Angela Majo/WPR

‘Creo que ahora somos mejores como hombres’

Mientras estaba en prisión, Durruthy tomó clases, de crianza/para padres, para prepararse para cuidar de sus nietos una vez que saliera. 

“Mis hijos ya habían crecido cuando salí, pero vi a mis nietos. Los puedo llevar a la escuela. Los puedo llevar al parque y enseñarles a vivir en los EE. UU. de la manera correcta. Puedo hacer lo que hace falta para criarlos”.

Tomó clases de servicios de mantenimiento con la esperanza de conseguir un trabajo limpiando edificios comerciales cuando saliera.

Salió de la cárcel en 2016.

“Tuve un pasado malo. Muchos cubanos como yo tuvieron un pasado malo. Todos hicimos algo malo. Pero era todo inmaduro”, reflexiona Durruthy. “Pensando en esa época, nunca nos focalizamos en ser estadounidenses. En esa época, ya sabes, éramos jóvenes. Y éramos salvajes”.

Osvaldo Durruthy's certificates and photos from Cuba on the wall
Certificados y fotos colgados en la casa de Osvaldo Durruthy en Madison. Angela Major/WPR

Durruthy sabe que no puede cambiar su pasado. Así que se concentra en el presente y el futuro.

“Tratamos, después de todos estos años, de ser un poco mejores hombres… Y creo que ahora somos mejores”, dice.

Intenta compensar por el tiempo que perdió con su hijo y sus nietos. Tiene amigos que sabe que son buenos para él. 

Justo antes de la pandemia, Durruthy trabajaba en un hogar de cuidado, y le encantaba. Hace ejercicio todos los días para mantenerse sano. Hay un banco de pesas en el segundo dormitorio de su casa.

Cuando no está entrenando o pasando tiempo con su familia, con frecuencia hace trabajo voluntario con su iglesia para asegurar que los niños de la zona de Madison tengan alimentos y ropa. 

Osvaldo Durruthy lifts weights
Osvaldo Durruthy levanta pesas en su apartamento de Madison. Angela Major/WPR

Un certificado que hay en la pared es uno que antes solía cubrir: su acta de bautismo.

“Estoy tan orgulloso de mí mismo, ¿sabes?… Porque Dios y Jesús son número uno en mi vida”, dice Durruthy. “Celebro de una forma distinta que otros cristianos. Simplemente doy gracias todas las veces… y glorifico. Es lo que hago. No leo la Biblia. Simplemente me dirijo a Dios y doy gracias. Todas las mañanas, y todas las noches: ‘Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Perdóname por mis pecados y abre la puerta para mí y dame fuerzas’”.

Durruthy dice que ahora aprecia la vida más que en cualquier otro momento.

“Quizás sea porque ya tengo sesenta y pico. Soy viejo, pero más sabio. Y ahora puedo decir que nunca iría a prisión de nuevo”, dice.

Durruthy añade que ha esperado un largo tiempo para compartir la historia de su vida: “Esto es como un sueño hecho realidad para mí, porque he estado esperando mucho tiempo para decir algo, para que me escucharan, para poder expresarme… decir lo que siento”. 

Después de haber pasado por tanto, Durruthy está hoy en un buen lugar. Pero hay una cosa que quisiera hacer y no puede: Volver a Cuba para ver a su familia. 

Y no es el único.

Marcos Calderón and Rodosvaldo Pozo play music
Marcos Calderón y Rodosvaldo Pozo tocan música con amigos y compañeros del éxodo de Mariel en La Crosse, Wisconsin, en abril de 2021. Angela Major/WPR

Marcos Calderón ha estado trabajando como conductor profesional en Minnesota y Wisconsin. También a él lo agarraron con drogas y lo arrestaron en 1988. Por esa condena los enviaron a prisión en Minnesota, y eso todavía tiene un impacto en su vida de hoy.

Como cometió un delito federal, Calderón no puede votar, emprender un negocio, hacerse ciudadano de los EE. UU. ni viajar fuera del país. Eso significa que, como están las cosas ahora, no puede volver a Cuba.

“Vimos lo rápido que podías hacer dinero vendiendo drogas, pero no éramos conscientes de las consecuencias. Decíamos que estábamos pensando en el dinero, como casi todo el mundo, hasta que nos agarraron. Y todavía estoy pagando por ese error”, dijo Calderón.

En el próximo episodio de “Uprooted”, estos exiliados cubanos tienen más de sesenta años. Han aceptado su pasado. Y ahora están una vez más intentando visitar Cuba. Pero sus pasados se atraviesan en su camino.

Nota del editor: Alyssa Allemand de WPR contribuyó a este reportaje.